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ART


Dicen que vivo en el bosque.
No es del todo cierto.
Vivo en una ciudad donde los automóviles pasan demasiado rápido, donde los teléfonos vibran sobre las mesas y donde las semanas desaparecen antes de que uno tenga tiempo de preguntarse a dónde fueron.
Sin embargo, cada mañana atravieso un bosque.
No aparece en los mapas.
Está hecho de lápices gastados, tazas de café olvidadas a medio terminar, pinceles manchados de tinta y cuadernos llenos de criaturas que nunca han existido y, al mismo tiempo, han estado aquí desde siempre.
Algunas personas me llaman ilustradora.
Otras dirían que soy una observadora profesional.
Yo prefiero pensar que soy una especie de bruja moderna.
No de las que lanzan hechizos ni preparan pociones bajo la luz de la luna. Mi magia es más sencilla: consiste en mirar el mundo el tiempo suficiente para descubrir las historias que esconde.
Porque las historias están en todas partes.
Habitan en la grieta de una pared antigua, en la sombra de una planta que crece junto a una ventana, en el silencio de una casa vacía esperando a sus habitantes, en los objetos que conservamos durante años sin saber exactamente por qué.
Las encuentro, las recojo y las guardo.
A veces terminan convertidas en ilustraciones.
Otras veces aparecen en forma de bocetos, notas dispersas o imágenes que permanecen durante meses en mi cabeza antes de encontrar una salida.
Este espacio nace para eso.
Para registrar hallazgos.
Para compartir procesos.
Para dejar encendida una lámpara entre los árboles y señalar el camino a quienes también sienten curiosidad por los mundos que existen detrás de las cosas cotidianas.
Si has llegado hasta aquí, toma asiento.
El bosque es más grande de lo que parece.
Y apenas estamos entrando.
